lunes, 6 de abril de 2026

Él murió por mí

El Verbo se hizo carne porque quiso salvar.

El que creó el océano, tuvo sed frente al mar.

El Dueño de las galaxias, el que el trueno domina,

cambió Su Corona de astros por una de espinas.


Fue un diseño extraño, un plano invertido:

el Juez se hizo reo, el Pastor fue herido.

Vistió Su Infinito con mi medida,

y entregó Su Aliento para darme la vida.


No solo cargó mi culpa, como quien lleva una ajena maleta;

tomó mi lugar, y Su Obra, ¡fue perfecta!

Y cada golpe del látigo, no fue solo Su piel rota;

fue el sonido de una deuda que se cancelaba; sin una queja de dolor en Su Boca.


En el madero, el tiempo se detuvo a observar,

cómo el Sol de Justicia se presentaba, el que el enemigo pretendía apagar.

No fue el hierro del hombre lo que allí lo ató,

fue Su Amor misericordioso, Su más Puro exceso que me obsequió.


Bajó hasta el sepulcro, al fondo del lodo,

para asaltar a la muerte y quitárselo todo.

Rompió El Velo, de la sombra hizo Luz,

y firmó mi acta con Su Sangre en la Cruz.


Él bebió mi amargura, yo bebo su Vino;

Él cargó mi extravío, yo estreno Camino.

Da Sus pasos conmigo, que soy árbol caído en el que Su Fruto emana,

y desde Su Gloria absoluta, mi nombre proclama.


Ahora, al mirarlo, ya no veo a un extraño.

Veo a Aquel que murió por mí para vivir en mí.

Y he dejado de ser la autora de mi mérito propio,

para ser el poema que, en Su Gracia, decidió a mí escribir.


¡Mirad al Resucitado! Ahí está el Sudario y del César el roto sello,

la Tumba es un Canto, un triunfante destello bajo Su Inquebrantable Sello.

Él, no solo murió por mí en la cumplida profecía,

Él venció nuestro invierno… para ser, nuestra Eterna Primavera inmerecida.

©Rebeca Alpízar

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