es la pausa del alma donde al fin yo concibo.
El mundo grita ansioso, pidiendo y decretando,
mientras mi fe se aquieta, Su voluntad esperando.
El pergamino en blanco no es vacío o derrota,
es la página abierta donde,
el plan que es perfecto, Dios nos anota,
aunque la carne no vea,
la promesa que calma la tormenta que arrea.
En el silencio escrito no hay fórmula humana,
no hay suerte que se fuerce, ni bendición mundana.
Hay solo el humilde «Hágase» que el espíritu acepta,
la certeza de un puerto que la guía detecta.
Yo vine a Él cansada, con la vida dolida,
con la lista de males que ha marcado mis días.
Él me ofreció Su Palabra, que es lámpara y es cuna,
donde la verdad reposa más allá de la luna.
Y en la quietud profunda donde el ego ha callado,
escribo la paciencia, el consuelo hallado.
Que mi fuerza no basta, que mi ingenio se agota,
mas Su Espíritu, la melodía me enseña nota a nota.
El silencio que escribo, no es la falta de voz,
sino el clamor templado que desea solo a Dios.
Es el libro cosechado en el que la prisa se ha marchado,
donde mi persona se rinde, callada y a Su lado.
El silencio que escribo es mi oración más cierta:
Que mi ser solo es libre porque Él me guarda la puerta.
Que el final de mi historia no es mi pluma quien lo dicta,
sino el amor del Padre que mi existencia vindica.
Entonces, el silencio escrito en mi silencio que escribo,
es el canto que el corazón aprende a oír con total sentido.
Es mi silencio escrito el silencio que escribo,
donde Su voz es todo, y por la cual yo vivo.
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